Foto por Patricio Castro (Ver nota al final del articulo)

Hacer fila y pagar por la entrada. Los tragos caros. El figureo. No señor, la disco ni el “lounge bar” son para mí. De veras no quiero ofender a los que disfrutan su vida social en el Condado o Isla Verde, pero hace tiempo me dí cuenta que me la paso mejor en la barra de la esquina, el chinchorro, como le decimos en Puerto Rico. No sé si esto es algún prejuicio inconciente, y honestamente no me considero un guerrero de clases, pero le tengo cierta aversión a ambientes muy, digamos, “upscale”. Hasta los centros comerciales como Galería San Patricio me dan manía, y si no fuera porque mi esposa y yo tenemos una verdadera obsesión con la comida exótica tampoco iría a los restaurantes “trendy” (¿Hora y media de espera en Dragonfly? Digo, la comida está super, pero por favor).

Supongo que la preferencia por beber barato viene de mis años en Mayagüez, la capital de la bebida competitiva y las barras cucaracheras, con sus Happy Hours de cervezas a peseta y Open Bars a cinco dólares. Allí aprendimos que un jangueo, y su borrachera asociada, no debía pasar de veinte dólares. Más que eso era permitido sólo cuando le pagabas la noche a una chica. Pero en aquel tiempo se hacía por necesidad y falta de dinero, y ahora que trabajamos y ganamos bueno nos sentimos en la tentación de derrochar cincuenta, cien o más en una noche con la gente bella. Créanme, que tengo amigos con deudas gigantescas en sus tarjetas de crédito, todo por su estilo de vida YFB (“Young, Fabulous and Broke“).

Pues yo no. Me gusta el chinchorro. Me gusta sentarme en una silla Rubbermaid o un stool de metal mohoso o, qué carajo, en la misma cuneta de la acera a hablar con mis amigos sobre la semana de trabajo y el significado de la vida. Me gusta echarle un peso a la vellonera y poner canciones de Héctor Lavoe, Salsa Erótica o Nueva Trova. Disfruto los viejos borrachos que se te acercan a contarte sus aventuras de juventud. Disfruto el ocasional karaoke. Disfruto hablar con estudiantes que, como dije, frecuentan estos sitios por necesidad, y que me hagan recordar los tiempos simples, cuando la universidad era el reto más difícil en la vida. Disfruto comerme un pincho, una alcapurria o un taco si me pica el hambre, y poder jugar la loto a la misma vez que pago un round. Disfruto no tener que pensar en el “dress code” del negocio. Disfruto la cerveza barata y los tragos cargados. Disfruto ver al otro día que, con todo lo bien que la pasé, sólo gasté veinticinco o treinta pesos. Y sobre todo disfruto que en un chinchorro jamás escucharás las palabras “VIP lounge”.

¿Que cuáles son y dónde están los mejores chinchorros? Sólo puedo hablar de mi área geográfica. Mi chinchorro de los viernes ni siquiera es una barra, es el estacionamiento de una gasolinera, la cual afectivamente llamamos “Gulf Pub” (la gasolinera Gulf de San Patricio, si quieren darse la vuelta algún viernes después de las cinco). La Plaza del Mercado de Santurce es excelente ya que es una congregación de chinchorros. El Colmado Hernández en Hato Rey es bueno. En Guaynabo los tacos de La Frontera son excelentes, y en Willy’s Pincho (al ladito de mi casa) los pinchos son baratos y la cerveza siempre está fría. No todo es chinchorro, claro. De vez en cuando me meto a algún pub o sport bar, pero sólo si cumple con las reglas básicas: no hay que hacer fila, no hay que pagar la entrada, los precios son razonables (nada de cervezas a cinco dólares o tragos a nueve) y, ante todo, no hay figureo.

Pero esto no se trata de buscar cuál es el sitio más hot o el spot más style. A final de cuentas, pequeño saltamontes, el mejor chichorro lo haces tú.

*Foto por Patricio Castro. Véala en Flickr.